Desperté de aquella pesadilla icómoda. Desperté sudorosa, temblorosa, y con un extraño frío que recorría cada milímetro de mi piel. Bajé de la cama con una sensación incómoda, una sensación que nunca antes había experimentado. Ese sueño fue horrible. Llegué a tientas al cuarto de baño, con la cabeza gacha temiendo que hubiera sido verdad, que no hubiera sido producto de mi imaginación. Me lavé la cara con agua fría, tan fría que mi cuerpo dio un espasmo de contracción al sentirla en mi rostro. Sin levantar la mirada del lavabo me giré, rápidamente hacia la puerta, pero algo en mi interior me decía que tenía que mirar, que tenía que asegurarme de que aquello no había sido real. Me paré justo debajo del marco de la puerta, armé todo mi cuerpo de valor, me giré muy despacio... y allí estaba yo, mirándome desde el espejo, con los ojos en blanco, y una pequeña sonrisa que no auguraba nada bueno...
sábado, 28 de marzo de 2015
miércoles, 25 de marzo de 2015
Historias de medianoche...3
El Reverendo Dayclyff se vistió con el atuendo apropiado para estas ocasiones. No es que este en concreto fuese un caso especial, pero su cabeza le decía que este día usase la Biblia más antigua, la que guardaba en el cajón con llave del armario de la Sacristía. En el bolsillo interior de su sotana había guardado el crucifijo de oro que hacía varios años le regaló el arzobispo Wellman, con el que tan buenos resultados había obtenido en este tipo de exorcismos. Fuera, el tiempo era de perros, propio de un día de Diciembre aquí en las montañas. Cogió su sombrero marrón que colgaba del perchero de la entrada y empezó a caminar cuesta abajo, no sin antes comprobar la cerradura tres veces. Pura costumbre... o, tal vez, superstición.
—¡Buenos días Reverendo!, ¡qué alegría verlo por aquí!, la situación está descontrolada Padre, ya no tengo ni ganas ni fuerzas suficientes para seguir adelante. Ni rezos, ni imágenes religiosas, ni salpicaduras con agua bendita... nada funciona ya...
El Reverendo se quitó el sombrero y el abrigo, que la mujer le recogió y lo dejó caer en una silla cercana a la escalera que daba acceso al piso superior de aquella pequeña vivienda.
—¿Donde se encuentra?
—En su cuarto Padre, subiendo las escaleras, la primera puerta a la derecha.
—Está bien, quédese tranquila, yo me ocuparé de él, usted solo reze...
—Tenga cuidado Padre, —le advirtió la mujer, observando como el reverendo subía peldaño a peldaño aquellas escaleras, con determinación y paso ligero, mientras iba sacando de su bolsillo el crucifijo de oro...
Estaba sentado en la cama, de espaldas a la puerta. Alzando el crucifijo a unos tres metros del joven, el Reverendo inició lo que sería su último exorcismo...
—¡Maldito Demonio!, ¡por fin llegó tu hora!, ¡tu hora de volver a los infiernos!
Aquella figura no se inmutó. Permaneció quieto, inamovible, sin ni tan siquiera pestañera.
—¡En el nombre de Dios!, ¡te ordeno que te des la vuelta!, ¡mírame a los ojos, en el nombre de Jesucristo!
Al cabo de unos segundos, el joven hizo un leve movimiento de cabeza, llegando a mirar por el rabillo del ojo al Reverendo, que sintión un pequeño escalofrío que le recorrió todo el cuerpo. Empezó a sentirse incómodo. Normalmente, y tenía bastante experiencia en este tipo de casos, la persona poseída tendía a hacer caso a sus plegarias y oraciones. En esta ocasión algo estaba pasando, aquello no era para nada normal.
Como en un golpe de locura, el chico se giró de un salto y se colocó de rodillas en la cama, justo enfrente del reverendo, a un par de metros, abrió la boca y soltó un grito desgarrador, haciendo que el Reverendo Dayclyff se llevase las manos a los oídos, para intentar amortiguar aquel desagradable tono de voz, al tiempo que la puerta del cuarto se cerró de golpe, y se escuchó como un pequeño giro de pomo, como si la cerradura se hubiese atascado...
—¡Qué Demonios...!, —insinuó mientras intentaba girar el pomo sin conseguirlo, pensando que clase de fuerza maligna llevaría ese chico dentro de su cuerpo.
Cuando Dayclyff se percató del rostro del joven, dejando a un lado el episodio de la maldita puerta, su mirada se clavó en la de aquel muchacho tan extraño. ¡Dios mío!, sus ojos... Los tenía completamente blancos, sin mirada, y de su boca salía un pequeño hilo de sangre que bajaba por la barbilla hasta llegar debajo de su pecho, y su cuerpo estaba completamente cubierto de moratones, quien sabe lo que aquella maldita criatura estaba haciendo con su cuerpo. Aquella escena lo dejó descolocado, olvidándose de rezos, Biblias y crucifijos, pensando solo que aquel era el Demonio más fuerte con el que jamás se había enfrentado...
Una vez recuperado de aquella visión, el Reverendo hizo intención de leer un pasaje de la Biblia, pero antes incluso de abrirla, la criatura endemoniada empezó a gatear por la cama hacia la figura indefensa del Padre Dayclyff, que cayó al suelo inmediatamente, empujado por aquella fuerza descomunal. En el suelo, con la cabeza dolorida, y la biblia bastante lejos como para poder alcanzarla, intentó de nuevo dirigirse a su enemigo...
—¡Para Satanás!, ¡en el nombre de Dios!, ¡te ordeno que...!
Antes de terminar la frase, el joven poseído se agachó a coger la Biblia, que rompía hoja por hoja con una sonrisa diabólica, triunfal, como si esta vez el Demonio hubiera ganado la batalla. Se giró muy despacio, mirando al Reverendo sentado en el suelo por encima del hombro, sin perder aquella sonrisa terrorífica. Abrió un cajón de su mesilla, y sacó un pequeño cuchillo, al que le iba tocando la hoja mientras se acercaba de nuevo a ese pobre hombre rezando con los ojos cerrados y apretando fuertemente el crucifijo... La primera sintió como se hundía en su abdomen, y la segunda..., y la tercera. Abrió los ojos y miró de nuevo aquellos ojos blancos, esta vez rodeados de un rojo furia, de un rojo infierno...
—¿Quien demonios eres? —dijo entre balbuceos y gárgaras de sangre.
—Soy Mike O`Hanna, reverendo, encantado de volver a verle...
—¡Maldito hijo de puta! —fue lo último que dijo el reverendo mientras aquel filo plateado manchado de sangre se hundía en su corazón...
—Puedes entrar mamá
La puerta se abrió, y aquella madre desesperada por su hijo endemoniado le sonrió y le abrazó, entre risas apagadas, pero orgullosos de lo que estaban haciendo.
—Cariño, ha salido todo perfecto.
—Si mamá, ya sabes, tenemos un secreto. Voy a quitarme las lentes que no las aguanto más, ahora nos deshacemos del cuerpo y limpiamos todo rastro de sangre.
—Perfecto MIke, por lo menos este hijo de puta no será capaz de violar a ningún chico indefenso nunca más.
—No mamá, ojalá se pudra en el Infierno...
ImAgInAtÍvAtE
Jesús David Cosano Cejudo
—¡Buenos días Reverendo!, ¡qué alegría verlo por aquí!, la situación está descontrolada Padre, ya no tengo ni ganas ni fuerzas suficientes para seguir adelante. Ni rezos, ni imágenes religiosas, ni salpicaduras con agua bendita... nada funciona ya...
El Reverendo se quitó el sombrero y el abrigo, que la mujer le recogió y lo dejó caer en una silla cercana a la escalera que daba acceso al piso superior de aquella pequeña vivienda.
—¿Donde se encuentra?
—En su cuarto Padre, subiendo las escaleras, la primera puerta a la derecha.
—Está bien, quédese tranquila, yo me ocuparé de él, usted solo reze...
—Tenga cuidado Padre, —le advirtió la mujer, observando como el reverendo subía peldaño a peldaño aquellas escaleras, con determinación y paso ligero, mientras iba sacando de su bolsillo el crucifijo de oro...
Estaba sentado en la cama, de espaldas a la puerta. Alzando el crucifijo a unos tres metros del joven, el Reverendo inició lo que sería su último exorcismo...
—¡Maldito Demonio!, ¡por fin llegó tu hora!, ¡tu hora de volver a los infiernos!
Aquella figura no se inmutó. Permaneció quieto, inamovible, sin ni tan siquiera pestañera.
—¡En el nombre de Dios!, ¡te ordeno que te des la vuelta!, ¡mírame a los ojos, en el nombre de Jesucristo!
Al cabo de unos segundos, el joven hizo un leve movimiento de cabeza, llegando a mirar por el rabillo del ojo al Reverendo, que sintión un pequeño escalofrío que le recorrió todo el cuerpo. Empezó a sentirse incómodo. Normalmente, y tenía bastante experiencia en este tipo de casos, la persona poseída tendía a hacer caso a sus plegarias y oraciones. En esta ocasión algo estaba pasando, aquello no era para nada normal.
Como en un golpe de locura, el chico se giró de un salto y se colocó de rodillas en la cama, justo enfrente del reverendo, a un par de metros, abrió la boca y soltó un grito desgarrador, haciendo que el Reverendo Dayclyff se llevase las manos a los oídos, para intentar amortiguar aquel desagradable tono de voz, al tiempo que la puerta del cuarto se cerró de golpe, y se escuchó como un pequeño giro de pomo, como si la cerradura se hubiese atascado...
—¡Qué Demonios...!, —insinuó mientras intentaba girar el pomo sin conseguirlo, pensando que clase de fuerza maligna llevaría ese chico dentro de su cuerpo.
Cuando Dayclyff se percató del rostro del joven, dejando a un lado el episodio de la maldita puerta, su mirada se clavó en la de aquel muchacho tan extraño. ¡Dios mío!, sus ojos... Los tenía completamente blancos, sin mirada, y de su boca salía un pequeño hilo de sangre que bajaba por la barbilla hasta llegar debajo de su pecho, y su cuerpo estaba completamente cubierto de moratones, quien sabe lo que aquella maldita criatura estaba haciendo con su cuerpo. Aquella escena lo dejó descolocado, olvidándose de rezos, Biblias y crucifijos, pensando solo que aquel era el Demonio más fuerte con el que jamás se había enfrentado...
Una vez recuperado de aquella visión, el Reverendo hizo intención de leer un pasaje de la Biblia, pero antes incluso de abrirla, la criatura endemoniada empezó a gatear por la cama hacia la figura indefensa del Padre Dayclyff, que cayó al suelo inmediatamente, empujado por aquella fuerza descomunal. En el suelo, con la cabeza dolorida, y la biblia bastante lejos como para poder alcanzarla, intentó de nuevo dirigirse a su enemigo...
—¡Para Satanás!, ¡en el nombre de Dios!, ¡te ordeno que...!
Antes de terminar la frase, el joven poseído se agachó a coger la Biblia, que rompía hoja por hoja con una sonrisa diabólica, triunfal, como si esta vez el Demonio hubiera ganado la batalla. Se giró muy despacio, mirando al Reverendo sentado en el suelo por encima del hombro, sin perder aquella sonrisa terrorífica. Abrió un cajón de su mesilla, y sacó un pequeño cuchillo, al que le iba tocando la hoja mientras se acercaba de nuevo a ese pobre hombre rezando con los ojos cerrados y apretando fuertemente el crucifijo... La primera sintió como se hundía en su abdomen, y la segunda..., y la tercera. Abrió los ojos y miró de nuevo aquellos ojos blancos, esta vez rodeados de un rojo furia, de un rojo infierno...
—¿Quien demonios eres? —dijo entre balbuceos y gárgaras de sangre.
—Soy Mike O`Hanna, reverendo, encantado de volver a verle...
—¡Maldito hijo de puta! —fue lo último que dijo el reverendo mientras aquel filo plateado manchado de sangre se hundía en su corazón...
—Puedes entrar mamá
La puerta se abrió, y aquella madre desesperada por su hijo endemoniado le sonrió y le abrazó, entre risas apagadas, pero orgullosos de lo que estaban haciendo.
—Cariño, ha salido todo perfecto.
—Si mamá, ya sabes, tenemos un secreto. Voy a quitarme las lentes que no las aguanto más, ahora nos deshacemos del cuerpo y limpiamos todo rastro de sangre.
—Perfecto MIke, por lo menos este hijo de puta no será capaz de violar a ningún chico indefenso nunca más.
—No mamá, ojalá se pudra en el Infierno...
ImAgInAtÍvAtE
Jesús David Cosano Cejudo
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jueves, 19 de marzo de 2015
Condena
Te siento tan cerca, y a la vez... tan lejos, que quisiera tocarte, besarte, sentirte, pero lo único que siento es que no puedo, me cuesta tanto... Te miro, distante..., pero tan cerca... y tu..., a veces me miras, una pena que no te des cuenta, que estoy ahí, impasible... mirándote... Te quiero tanto vida..., tanto..., que ahora me ahoga la pena, la pena de seguir amándote, y saber que amarte tanto..., tanto vida..., será para mi una auténtica condena. Sé feliz amor, como sé que una vez lo fuiste... conmigo...lo sé. Sé que aún lo recuerdas, que aún guardas en un pequeño cajón aquella foto de aquella primavera, de aquella bonita primavera... nuestra primavera..., en la que te pedí que para toda la vida te unieras..., te unieras a mi, princesa... Que tonto, que tonto fui..., lo recuerdo casi con la misma intensidad que lo viví. Ya es tarde vida, sé feliz, sin mi pero conmigo, porque yo estaré siempre aquí..., contigo..., aunque me duela, aunque tu corazón palpite de nuevo por otro amor, aunque tus boca bese a otra con la intensidad que antes besaba la mía, aunque tus manos acaricien otro cuerpo..., otro rostro..., ahí estaré vida, aunque ese sea el precio que tenga que pagar, aunque esa sea mi condena para el resto de mi existencia, mi condena..., Dios..., solo tenía que haberme colocado ese maldito cinturón, solo eso...
miércoles, 18 de marzo de 2015
Historias de medianoche...1
Desperté en el sofá del profundo sueño en el que había entrado hacía por lo menos un par de horas. Mi cuerpo cayó fulminado después de un día duro de trabajo en la oficina. La televisión seguía encendida, y su pantalla emitía a un tal Michael Stuntman que nos ofrecía un fantástico pelador de patatas, que la verdad, tenía muy buena pinta, por lo menos en el anuncio. En el reloj las agujas marcaban casi la una de la madrugada, hora más que prudente para ir a la cama. En la mesa aún quedaba una porción de quiché de espinacas que habíamos cenado Ruth y yo. Ruth llevaba dormida horas, la pobre estaba muy cansada después de su día de cole y la tarde de juegos en el parque con su "yaya" Lucía. Alcancé el mando a distancia que estaba a no más de treinta centímetros de mí, pulsé el botón rojo y apagué la televisión. Dejé la mesa para recogerla al día siguiente, todo excepto la botella del refresco de cola, que lo llevé a la cocina para guardarlo en el refrigerador. Justo en el momento de apagar la luz de la cocina, escuché a Ruth reirse de una forma muy especial, muy a carcajada. —ya está soñando otra vez —pensé, a lo que a continuación le siguió una carrera por todo el piso superior que me dejó un poco descolocada. No es normal que a estas horas esté jugando, es una niña que cuando duerme es muy difícil que se despierte. De nuevo otra carrera, el ruido de los pasos se notaba perfectamente, a causa del suelo de parqué que instalamos el año pasado debido a la temperatura tan fría que teníamos en la casa durante todo el año, sobre todo en Invierno. De nuevo risas, esta vez mucho más fuertes. Me da por reírme a mi también. —¿Que demonios estará inventando la niña esta?
Enciendo la luz de la escalera, y me acuerdo que no he cogido el vaso de agua para la mesilla. De nuevo risas, y de nuevo vuelvo a reírme. Empiezo a subir escaleras y la risa cesa. De inmediato. Todo vuelve a la normalidad, no se escuchan risas, ni pasos, que raro. La piel se me eriza un poco, debido seguramente a un cambio de temperatura, del camino del sofá a la cama. Me acerco al cuarto de Ruth, cerrado. Que raro, ella nunca cierra su puerta. Duerme plácidamente, como todas las noches, con su pequeña cabecita recostada sobre su lado izquierdo, mirando hacia la ventana. La piel se me eriza del todo, mi corazón empieza a palpitar, fuerte, muy fuerte. Me acerco a besar a Ruth y antes de llegar siquiera a bajarle un poco la sábana, risas, carcajadas, y de nuevo pasos, carreras, esta vez en el piso de abajo. Ahora sí, estoy asustada, asustada de verdad, y en lo único que pienso es en meterme en la cama con Ruth. Lo hago y me tapo con la colcha de Peppa Pig toda la cabeza, cosa que no consigue amortiguar el sonido de aquella risa que cada vez se hace más fuerte, más seguida, más.... terrorífica. Es como si el corazón se me saliese por la boca. Me destapo un poco la cara, no por que quisiera, sino porque mi propio aliento me estaba haciendo muy difícil la respiración. En ese momento se enciende la luz del pasillo. Pánico en estado puro, risa que no cesa, y en ese momento, un leve chirrido de puerta que se abre muy muy despacio. Vuelvo a notar mi propio aliento caliente debido a la intensidad con la que estoy respirando. Cesa la risa, cesan los pasos, y una voz dulce y delicada, una voz como la de Ruth, me habla, sollozando, —Mamá, jolín, tenía que ser yo quien encontrara a Bruno. Bajé la colcha y miré a la puerta, y allí estaba Ruth, inamovible, mirándome, y yo en estado de shock, preguntándome quien será la persona a quien estoy abrazando en este momento.
Enciendo la luz de la escalera, y me acuerdo que no he cogido el vaso de agua para la mesilla. De nuevo risas, y de nuevo vuelvo a reírme. Empiezo a subir escaleras y la risa cesa. De inmediato. Todo vuelve a la normalidad, no se escuchan risas, ni pasos, que raro. La piel se me eriza un poco, debido seguramente a un cambio de temperatura, del camino del sofá a la cama. Me acerco al cuarto de Ruth, cerrado. Que raro, ella nunca cierra su puerta. Duerme plácidamente, como todas las noches, con su pequeña cabecita recostada sobre su lado izquierdo, mirando hacia la ventana. La piel se me eriza del todo, mi corazón empieza a palpitar, fuerte, muy fuerte. Me acerco a besar a Ruth y antes de llegar siquiera a bajarle un poco la sábana, risas, carcajadas, y de nuevo pasos, carreras, esta vez en el piso de abajo. Ahora sí, estoy asustada, asustada de verdad, y en lo único que pienso es en meterme en la cama con Ruth. Lo hago y me tapo con la colcha de Peppa Pig toda la cabeza, cosa que no consigue amortiguar el sonido de aquella risa que cada vez se hace más fuerte, más seguida, más.... terrorífica. Es como si el corazón se me saliese por la boca. Me destapo un poco la cara, no por que quisiera, sino porque mi propio aliento me estaba haciendo muy difícil la respiración. En ese momento se enciende la luz del pasillo. Pánico en estado puro, risa que no cesa, y en ese momento, un leve chirrido de puerta que se abre muy muy despacio. Vuelvo a notar mi propio aliento caliente debido a la intensidad con la que estoy respirando. Cesa la risa, cesan los pasos, y una voz dulce y delicada, una voz como la de Ruth, me habla, sollozando, —Mamá, jolín, tenía que ser yo quien encontrara a Bruno. Bajé la colcha y miré a la puerta, y allí estaba Ruth, inamovible, mirándome, y yo en estado de shock, preguntándome quien será la persona a quien estoy abrazando en este momento.
martes, 17 de marzo de 2015
Concurso de microcuentos Cadena Ser
http://escueladeescritores.com/concurso-cadena-ser/
Os dejo este enlace al concurso que desarrolla Cadena Ser cada temporada y que está dotado de un premio de 6000 euros al ganador. Consiste en relatos en cadena, el relato ganador de cada semana es el que da la frase de comienzo de la semana siguiente, y hay un ganador mensual, y entre los ganadores mensuales se elige al ganador anual. Es muy interesante aunque el nivel, como podéis imaginar, es muy alto. En el enlace tenéis tanto las bases, como la frase para empezar esta semana.
Ánimo y mucha suerte!!!
Guillermo
Guillermo era un niño como cualquier
niño de su edad. Era un niño travieso, cabezota, a la vez que
cariñoso y atento. Era un niño como todos, al que le gustaba el
fútbol, con lo que hacía de entrenador de su equipo, y al que le
gustaba el atletismo, casi tanto como a su amiga María, que lo
acompañaba siempre en sus entrenamientos.
Hoy el profe les ha dado una lección
sobre los oficios, sobre a lo que podrían aspirar en un futuro, lo
cual le dio a Guillermo mucho para pensar y, sobre todo, imaginar.
Imaginó querer ser tantas cosas que ya
no sabía que era lo que quería ser, y al llegar a casa, acompañado
por su primo Raúl como todos los días, le propuso su imaginación a
quienes allí se encontraban.
—Papá, de mayor quiero ser bombero.
Lo he imaginado y me gustaría.
—Hijo, tesoro, hace falta mucha
fuerza, mucho entrenamiento y superar una difícil oposición. Es muy
duro, Guille, bastante duro.
Guillermo pensó que tal vez su padre
tenía razón, y fue a buscar a su hermana, que escuchaba un CD de
Metallica en su habitación de paredes violeta.
—Silvia, de mayor quiero ser médico.
Lo he imaginado y me gustaría.
—¡Ufff! Guille, eso debe ser muy
desagradable, hay mucha sangre y tienen momentos muy duros, sobre
todo cuando pierden a alguien intentando salvar su vida.
Guillermo pensó que tal vez su hermana
tenía razón, y fue a buscar a su madre, que preparaba un bizcocho
en la cocina.
—Mamá, de mayor quiero ser
astronauta. Lo he imaginado y me gustaría.
—Hijo, mi vida, muy poca gente hay
preparada para eso, son personas especiales muy bien preparadas, y
llegar ahí es duro, sacrificado y muy costoso.
Guillermo pensó que tal vez su madre
tenía razón, y sin nadie más a quien acudir, volvió a coger su
bastón blanco, empezó a tantear los escalones hacia su cuarto, y
con su mano izquierda apoyada sobre la barandilla, llegó arriba, se
tumbó en la cama, y siguió imaginando que es lo que podría ser de
mayor.
Mientras, abajo, su padre, su madre y
su hermana, lloraban abrazados desconsoladamente...
ImAgInAtÍvAtE
Jesús David Cosano.
lunes, 16 de marzo de 2015
Concursos de Fotografía
Concursos de Fotografía - 1arte.com
Os dejo un enlace con varios de los concursos de fotografía para este año, en los cuales normalmente puede participar cualquier persona. Animaros y participar, no perdéis nada!!! Saludos!
Os dejo un enlace con varios de los concursos de fotografía para este año, en los cuales normalmente puede participar cualquier persona. Animaros y participar, no perdéis nada!!! Saludos!
ImAgInAtÍvAtE nace como un grupo de Facebook, en el que gente con una gran imaginación da a conocerla a través de sus proyectos y trabajos, gente apasionada de la cultura en general, gente a la cual apasiona la fotografía, el arte, el cine, la música, las manualidades, y un largo etcétera de derivados de la cultura. Este blog y nuestro grupo de Facebook aprovecha los recursos tecnológicos actuales que nos ofrece Internet, para así poder llegar a un gran número de personas imaginativas, para que otros puedan disfrutar y compartir todo ese derroche de imaginación. No lo dudes e interactúa con nosotros, búscanos en Facebook como Imaginatívate, o bien manda tus trabajos a imaginativate@gmail.com.
Gracias por formar parte de nuestra comunidad de Imaginación!!!
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