miércoles, 18 de marzo de 2015

Historias de medianoche...1

Desperté en el sofá del profundo sueño en el que había entrado hacía por lo menos un par de horas. Mi cuerpo cayó fulminado después de un día duro de trabajo en la oficina. La televisión seguía encendida, y su pantalla emitía a un tal Michael Stuntman que nos ofrecía un fantástico pelador de patatas, que la verdad, tenía muy buena pinta, por lo menos en el anuncio. En el reloj las agujas marcaban casi la una de la madrugada, hora más que prudente para ir a la cama. En la mesa aún quedaba una porción de quiché de espinacas que habíamos cenado Ruth y yo. Ruth llevaba dormida horas, la pobre estaba muy cansada después de su día de cole y la tarde de juegos en el parque con su "yaya" Lucía. Alcancé el mando a distancia que estaba a no más de treinta centímetros de mí, pulsé el botón rojo y apagué la televisión. Dejé la mesa para recogerla al día siguiente, todo excepto la botella del refresco de cola, que lo llevé a la cocina para guardarlo en el refrigerador. Justo en el momento de apagar la luz de la cocina, escuché a Ruth reirse de una forma muy especial, muy a carcajada. —ya está soñando otra vez —pensé, a lo que a continuación le siguió una carrera por todo el piso superior que me dejó un poco descolocada. No es normal que a estas horas esté jugando, es una niña que cuando duerme es muy difícil que se despierte. De nuevo otra carrera, el ruido de los pasos se notaba perfectamente, a causa del suelo de parqué que instalamos el año pasado debido a la temperatura tan fría que teníamos en la casa durante todo el año, sobre todo en Invierno. De nuevo risas, esta vez mucho más fuertes. Me da por reírme a mi también.  —¿Que demonios estará inventando la niña esta?
Enciendo la luz de la escalera, y me acuerdo que no he cogido el vaso de agua para la mesilla. De nuevo risas, y de nuevo vuelvo a reírme. Empiezo a subir escaleras y la risa cesa. De inmediato. Todo vuelve a la normalidad, no se escuchan risas, ni pasos, que raro. La piel se me eriza un poco, debido seguramente a un cambio de temperatura, del camino del sofá a la cama. Me acerco al cuarto de Ruth, cerrado. Que raro, ella nunca cierra su puerta. Duerme plácidamente, como todas las noches, con su pequeña cabecita recostada sobre su lado izquierdo, mirando hacia la ventana. La piel se me eriza del todo, mi corazón empieza a palpitar, fuerte, muy fuerte. Me acerco a besar a Ruth y antes de llegar siquiera a bajarle un poco la sábana, risas, carcajadas, y de nuevo pasos, carreras, esta vez en el piso de abajo. Ahora sí, estoy asustada, asustada de verdad, y en lo único que pienso es en meterme en la cama con Ruth. Lo hago y me tapo con la colcha de Peppa Pig toda la cabeza, cosa que no consigue amortiguar el sonido de aquella risa que cada vez se hace más fuerte, más seguida, más.... terrorífica. Es como si el corazón se me saliese por la boca. Me destapo un poco la cara, no por que quisiera, sino porque mi propio aliento me estaba haciendo muy difícil la respiración. En ese momento se enciende la luz del pasillo. Pánico en estado puro, risa que no cesa, y en ese momento, un leve chirrido de puerta que se abre muy muy despacio. Vuelvo a notar mi propio aliento caliente debido a la intensidad con la que estoy respirando. Cesa la risa, cesan los pasos, y una voz dulce y delicada, una voz como la de Ruth, me habla, sollozando, —Mamá, jolín, tenía que ser yo quien encontrara a Bruno. Bajé la colcha y miré a la puerta, y allí estaba Ruth, inamovible, mirándome, y yo en estado de shock, preguntándome quien será la persona a quien estoy abrazando en este momento.

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