miércoles, 25 de marzo de 2015

Historias de medianoche...3

El Reverendo Dayclyff se vistió con el atuendo apropiado para estas ocasiones. No es que este en concreto fuese un caso especial, pero su cabeza le decía que este día usase la Biblia más antigua, la que guardaba en el cajón con llave del armario de la Sacristía. En el bolsillo interior de su sotana había guardado el crucifijo de oro que hacía varios años le regaló el arzobispo Wellman, con el que tan buenos resultados había obtenido en este tipo de exorcismos. Fuera, el tiempo era de perros, propio de un día de Diciembre aquí en las montañas. Cogió su sombrero marrón que colgaba del perchero de la entrada y empezó a caminar cuesta abajo, no sin antes comprobar la cerradura tres veces. Pura costumbre... o, tal vez, superstición.

—¡Buenos días Reverendo!, ¡qué alegría verlo por aquí!, la situación está descontrolada Padre, ya no tengo ni ganas ni fuerzas suficientes para seguir adelante. Ni rezos, ni imágenes religiosas, ni salpicaduras con agua bendita... nada funciona ya...

El Reverendo se quitó el sombrero y el abrigo, que la mujer le recogió y lo dejó caer en una silla cercana a la escalera que daba acceso al piso superior de aquella pequeña vivienda.

—¿Donde se encuentra?
—En su cuarto Padre, subiendo las escaleras, la primera puerta a la derecha.
—Está bien, quédese tranquila, yo me ocuparé de él, usted solo reze...
—Tenga cuidado Padre, —le advirtió la mujer, observando como el reverendo subía peldaño a peldaño aquellas escaleras, con determinación y paso ligero, mientras iba sacando de su bolsillo el crucifijo de oro...

Estaba sentado en la cama, de espaldas a la puerta. Alzando el crucifijo a unos tres metros del joven, el Reverendo inició lo que sería su último exorcismo...

—¡Maldito Demonio!, ¡por fin llegó tu hora!, ¡tu hora de volver a los infiernos!

Aquella figura no se inmutó. Permaneció quieto, inamovible, sin ni tan siquiera pestañera.

—¡En el nombre de Dios!, ¡te ordeno que te des la vuelta!, ¡mírame a los ojos, en el nombre de Jesucristo!

Al cabo de unos segundos, el joven hizo un leve movimiento de cabeza, llegando a mirar por el rabillo del ojo al Reverendo, que sintión un pequeño escalofrío que le recorrió todo el cuerpo. Empezó a sentirse incómodo. Normalmente, y tenía bastante experiencia en este tipo de casos, la persona poseída tendía a hacer caso a sus plegarias y oraciones. En esta ocasión algo estaba pasando, aquello no era para nada normal.

Como en un golpe de locura, el chico se giró de un salto y se colocó de rodillas en la cama, justo enfrente del reverendo, a un par de metros, abrió la boca y soltó un grito desgarrador, haciendo que el Reverendo Dayclyff se llevase las manos a los oídos, para intentar amortiguar aquel desagradable tono de voz, al tiempo que la puerta del cuarto se cerró de golpe, y se escuchó como un pequeño giro de pomo, como si la cerradura se hubiese atascado...

—¡Qué Demonios...!, —insinuó mientras intentaba girar el pomo sin conseguirlo, pensando que clase de fuerza maligna llevaría ese chico dentro de su cuerpo.

Cuando Dayclyff se percató del rostro del joven, dejando a un lado el episodio de la maldita puerta, su mirada se clavó en la de aquel muchacho tan extraño. ¡Dios mío!, sus ojos... Los tenía completamente blancos, sin mirada, y de su boca salía un pequeño hilo de sangre que bajaba por la barbilla hasta llegar debajo de su pecho, y su cuerpo estaba completamente cubierto de moratones, quien sabe lo que aquella maldita criatura estaba haciendo con su cuerpo. Aquella escena lo dejó descolocado, olvidándose de rezos, Biblias y crucifijos, pensando solo que aquel era el Demonio más fuerte con el que jamás se había enfrentado...

Una vez recuperado de aquella visión, el Reverendo hizo intención de leer un pasaje de la Biblia, pero antes incluso de abrirla, la criatura endemoniada empezó a gatear por la cama hacia la figura indefensa del Padre Dayclyff, que cayó al suelo inmediatamente, empujado por aquella fuerza descomunal. En el suelo, con la cabeza dolorida, y la biblia bastante lejos como para poder alcanzarla, intentó de nuevo dirigirse a su enemigo...

—¡Para Satanás!, ¡en el nombre de Dios!, ¡te ordeno que...!

Antes de terminar la frase, el joven poseído se agachó a coger la Biblia, que rompía hoja por hoja con una sonrisa diabólica, triunfal, como si esta vez el Demonio hubiera ganado la batalla. Se giró muy despacio, mirando al Reverendo sentado en el suelo por encima del hombro, sin perder aquella sonrisa terrorífica. Abrió un cajón de su mesilla, y sacó un pequeño cuchillo, al que le iba tocando la hoja mientras se acercaba de nuevo a ese pobre hombre rezando con los ojos cerrados y apretando fuertemente el crucifijo... La primera sintió como se hundía en su abdomen, y la segunda..., y la tercera. Abrió los ojos y miró de nuevo aquellos ojos blancos, esta vez rodeados de un rojo furia, de un rojo infierno...

—¿Quien demonios eres? —dijo entre balbuceos y gárgaras de sangre.
—Soy Mike O`Hanna, reverendo, encantado de volver a verle...
—¡Maldito hijo de puta! —fue lo último que dijo el reverendo mientras aquel filo plateado manchado de sangre se hundía en su corazón...

—Puedes entrar mamá

La puerta se abrió, y aquella madre desesperada por su hijo endemoniado le sonrió y le abrazó, entre risas apagadas, pero orgullosos de lo que estaban haciendo.

—Cariño, ha salido todo perfecto.
—Si mamá, ya sabes, tenemos un secreto. Voy a quitarme las lentes que no las aguanto más, ahora nos deshacemos del cuerpo y limpiamos todo rastro de sangre.
—Perfecto MIke, por lo menos este hijo de puta no será capaz de violar a ningún chico indefenso nunca más.
—No mamá, ojalá se pudra en el Infierno...

ImAgInAtÍvAtE
Jesús David Cosano Cejudo

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